Recordar no es archivar: la memoria no funciona como tu móvil
El domingo pasado, 11 de enero de 2026, publiqué en X un post sobre el artículo La ciencia ilumina los secretos de la memoria que El País publicó en su sección de Sociedad. Creo que merece la pena dedicarle esta entrada en el blog por la oportunidad que ofrece para reflexionar un poco ya que el artículo plantea una idea tanto incómoda como necesaria: nuestra memoria no es un disco duro, no almacena datos de forma literal, sino que reconstruye, selecciona, distorsiona, olvida… y lo hace porque es necesario para que funcione bien. No forma parte de un plan autodestructivo de nuestro cerebro para confundirnos.
Desde que aparecieron las cámaras en los teléfonos móviles, entre finales de los noventa y principios de los dos mil, se nos vendió este avance tecnológico como la herramienta que nos permitiría capturar todos los momentos memorables al instante con un dispositivo que llevamos siempre encima. Pero ya en 1944 Jorge Luis Borges publicó en Ficciones el cuento Funes el memorioso y en el explicaba que recordarlo todo no es un don, sino una condena, y hablamos de memorizar de verdad, no de archivar, no capturar con el móvil. La memoria perfecta no libera, paraliza. Hay que tener en cuenta que, sin olvido, la capacidad de pensamiento merma considerablemente (por no decir que se anula). Nuestra memoria necesita filtrar, quedarse con lo significativo y desechar lo accesorio, el ruido. Borges nos muestra cómo Funes es incapaz de pensar en abstracto. Para él, cada perro es irreductiblemente distinto de todos los demás. No puede construir conceptos como el de “perro”, no puede generalizar, abstraer, y por tanto, reducir. Eso le condena a vivir atrapado en un presente saturado de pasado… nuestra galería de fotos en el móvil ¿no?
La neurociencia actual viene confirmando desde hace unos años algo que ya asentó la psicología cognitiva a partir de los trabajos de Frederic Bartlett en los años 30: cada vez que recordamos, reescribimos. Pero la novedad del contenido del artículo de El País no está en qué confirma, sino el cómo se demuestra hoy y el alcance del impacto que tiene en nuestras vidas. El artículo aporta tres avances clave: A partir de ahora tenemos evidencia neurobiológica precisa respecto a la modificación del recuerdo en el cerebro. Además, ya no hablamos de distorsión de los recuerdos sino que hay patrones previsibles de cambio según emoción, contexto y expectativas, y por último, hay una conexión directa con la tecnología, se analiza el fenómeno en un entorno dominado por la externalización digital de la memoria.
Cuando recordamos (que en verdad es evocar un recuerdo), no es un recuerdo fiel a la realidad. El presente modifica el pasado, un pasado que no está fijo. Recordar es, por tanto, una operación creativa en la que mezclamos hechos, emociones e imaginación. No reproducimos la realidad, la interpretamos. Y aquí es donde la tecnología entra en juego, porque el móvil ha cambiado nuestra relación con la experiencia. Ahora, en vez de vivir, documentamos, y en vez de elaborar, almacenamos. Convertimos los momentos en archivos, no en recuerdos. Si vemos a nuestro hijo dar sus primeros pasos, acudimos de inmediato a la cámara. Documentamos el instante en lugar de detenernos a sentirlo plena y conscientemente para construir un recuerdo sólido. Externalizamos la memoria y, con ello, debilitamos el proceso que la consolida: atención, emoción y significado.
Fijaos en esta paradoja inquietante: nunca hemos tenido tantas fotos y nunca hemos recordado tan poco. Mucha huella digital, poca huella mental.
El filósofo José Carlos Ruiz aborda este asunto en Filosofía para el desánimo, un libro que recomiendo encarecidamente por la claridad con la que describe, entre otros temas, el uso que hacemos de la tecnología y de las redes sociales, y por las pautas que propone para mejorar nuestra vida a la hora de lidiar en una sociedad digital con asuntos como la identidad, el amor, la amistad, la edad, el entretenimiento, la ignorancia, el dolor, el placer, el pensamiento y el relato, que es lo que está directamente relacionado con este artículo. José Carlos Ruiz señala que, al delegar la memoria en dispositivos externos, dejamos de construir relato. Guardamos, pero no elaboramos. Acumulamos datos, pero perdemos biografía. No recordamos, revisamos la galería. Además, advierte de que el relato dominante hoy es un relato parcial de la vida a través de los timelines digitales, basado casi exclusivamente en la imagen. Todo lo que queda fuera de lo visual como es el olor, tacto, sonido, gusto, emoción… pierde relevancia, como si no hubiese existido. La experiencia que no pasa por el filtro del pensamiento y la emoción no se convierte en vida vivida, solo en material almacenado. Para él, una existencia sin relato es una existencia débil, fácilmente colonizable, porque quien recuerda sin sentido termina viviendo desde guiones de otros.
Esta entrada del blog no es un ejercicio de nostalgia. Hablamos de funcionamiento cerebral y de diagnóstico cultural. Y es que consolidamos nuestra memoria cuando algo nos atraviesa, cuando estamos presentes, cuando hay implicación emocional y cognitiva. El scroll infinito rompe ese ciclo, fragmenta la experiencia y la vuelve superficial. Y lo superficial no deja rastro duradero.
El impacto de todo esto en educación es directo y estratégico. Sin experiencia profunda, sin emoción, no hay aprendizaje estable, ni enseñanza. Si todo pasa por la pantalla como muleta cognitiva, el alumno no construye memoria, solo consume estímulos. Aprende a acceder, no a comprender; aprende a buscar, no a integrar. La neurociencia lo confirma y la filosofía lo advierte: sin experiencia profunda no hay memoria sólida, y sin memoria no hay identidad. El móvil nos promete no olvidar nada, pero a cambio nos enseña a no vivirlo del todo, e incluso a no vivirlo, a dejarlo para después… ¿Que hay de esos individuos que pagan su entrada a un evento, digamos un concierto, y se dedican a grabarlo en el móvil en vez de intentar vivir la experiencia plenamente? Si encima además de grabar casi todo el concierto, el resto del tiempo están publicando en la red social de turno y dejan de atender al momento que se les está escapando, con la finalidad de exhibirse ante sus seguidores y captar unos cuantos likes ¿qué podrán recordar en un futuro no muy lejano?
En fin, en la escuela no estamos para llenar carpetas digitales. Estamos para construir recuerdos con sentido, y la memoria no se entrena archivando, se entrena viviendo, plenamente. Educar, en el fondo, siempre ha sido eso: ayudar a alguien a construir un relato propio con lo que le pasa, con lo que le va pasando, un relato a partir de su propio guion.
