Insignias, coraje y zona de confort

¿Qué nos lleva a los humanos a perseguir ciertos hitos o insignias en nuestra vida aun no siendo garantía absoluta de felicidad o plenitud?

¿Te gustaría vivir en una casa diferente a la que tienes? ¿Y en otra ciudad o en otro país? ¿Por qué estás viviendo con una persona que no termina de llenarte, a la que tú no llenas y necesitas rodearte de otras para sentirte tú? ¿Por qué estás estudiando una carrera que no te convence? ¿Por qué estás trabajando y dedicándole tantas horas a algo que no te ilusiona y te apaga día a día? Posiblemente porque, en alguna de las decisiones más importantes de tu vida, no elegiste tú.

Yo llamo insignias sociales a una serie de hitos que la sociedad marca y que muchos terminamos imponiéndonos a modo de parches, sellos y chapitas, como los que se asignan a los Boy Scouts americanos. Ejemplos de estas medallas son: “tener coche”, “terminar la Educación Secundaria”, “ir a la Universidad”, “encontrar un trabajo”, “tener pareja”, “casarse”, “comprarse una casa”, “tener un hijo”, “tener otro hijo”, “comprarse una segunda vivienda”… Muchos vamos coleccionando estas insignias sin someterlas a juicio o a un examen de conveniencia personal, de coherencia con nuestra individualidad, nuestro talento, nuestros sueños y nuestros anhelos: aquello que nos hace únicos e irrepetibles, pero que corrompemos convirtiéndonos en copias unos de otros.

Hay personas que se toman esto muy en serio y entran en una especie de competición personal (y, en el peor de los casos, social) en la que deben ir ganando la insignia de turno según el momento vital. Es cuando aparece el clásico «se te pasa el arroz» y llegan las dudas existenciales.

La razón de que existan esos hitos tiene su origen en construcciones sociales que se consolidaron ya en la Edad Media, cuando se decidió apartar el foco del hombre (antropocentrismo) y ponerlo en Dios (teocentrismo) y en la procreación por voluntad divina. Si lo analizamos, casi todas las insignias, directa o indirectamente, se orientan a encontrar pareja y procrear. En aquella época se juntaron dos factores: por un lado, la analfabetización generalizada y la ausencia de pensamiento crítico, pues la enseñanza provenía exclusivamente de la Iglesia; y por otro, la falta de oportunidades de autorrealización. La motivación se centraba en satisfacer necesidades básicas (la base de la pirámide de Maslow). Por eso fue tan fácil extender y perpetuar este «funcionamiento social».

Con el tiempo, se ha instaurado un status quo casi inamovible basado en la consecución de hitos aceptados globalmente. Para saber si tu vida “va bien” o “va mal” solo tienes que revisar tus insignias. Si el recuento coincide con lo que se supone que deberías tener según tu edad, “vas bien”; si no, algo estás haciendo mal. Y nadie escapa a ese juicio, ni al propio ni al ajeno. Pero… ¿qué pasa cuando a los 21 años estás trabajando en el negocio familiar, te has casado con tu novia de los 16, acabáis de tener un hijo, tienes casa, coche…? ¿Qué ocurre ahora? Muchos sabéis que ahí suele aparecer la monotonía, la rutina tóxica, el desequilibrio y un momento crítico en el que te preguntas: “¿Qué he hecho con mi vida y qué voy a hacer ahora con todo esto que he construido tan rápido y con tan poca solidez?”

También están quienes lo han tenido más difícil, quienes han tardado más en conseguir sus insignias. Nunca se han planteado el verdadero valor de esos hitos; simplemente los perseguían porque “era lo que había que hacer”. Después de tanto esfuerzo, revisan su vida y descubren que no han pilotado ellos, que su realidad no se ajusta a sus anhelos y que al final han sacrificado su esencia para escapar del juicio de los demás.

Un ejemplo claro es comprar una casa sin esperar al momento adecuado. El mercado inmobiliario fluctúa y no siempre es buen momento para comprar. Sin embargo, incluso en épocas adversas como la actual (2020 en el momento de escribir este articulo) en la que aún contamos con abundante stock de vivienda proveniente del pasado boom inmobiliario, de calidad cuestionable y precios inflados, hay quien se obsesiona con conseguir la insignia. En este escenario terminas comprando un piso económico, pero a las afueras, sin luz natural, sin terraza, pequeño, encajonado entre vecinos… Ese espacio debería ser “tu lugar perfecto para descansar y disfrutar de los tuyos”, pero la urgencia por la insignia pesa más que tu bienestar. Y quien se queda con la hipoteca, la incomodidad y la resignación eres tú.

¿Qué decir de la insignia “tener pareja” o “casarse”? Para mí es la más crítica y la que recibe más presión social (que aumenta de forma exponencial y directamente proporcional al paso del tiempo). El enamoramiento acelera las decisiones. Nos embriaga y nos hace prometer “amor eterno” en momentos vitales en los que aún no sabemos ni quiénes somos. Y lo hacemos ante familia, amigos y autoridades, multiplicando la presión del “qué dirán”. Otra herencia medieval que seguimos arrastrando. Ademas, a veces la prisa por casarse y “asentarse” lleva a aceptar cualquier trabajo, sin pensar que el trabajo determina horarios, vacaciones y, en última instancia, la relación que intentas consolidar.

Esto está profundamente ligado a la autoestima y a la percepción de autoeficacia. Si no crees en ti, si no te convences de que puedes conseguir el trabajo que deseas, si no entrenas la constancia, el retraso de la recompensa y la paciencia para esperar el momento y la persona adecuados, es difícil aceptar el cambio. Lo normal es quedarse en la zona de confort hasta el final de los días, probablemente criticando a quienes no consiguen sus insignias.

Casarse por amor es posible. La mayoría de relaciones que se rompen empezaron con enamoramiento. Tener una casa ilusiona. Pero la monotonía y la habituación pueden apagar esa ilusión. Puede que quieras viajar, vivir en un ático o en una casita de campo, aquello que soñabas de pequeño. Es posible enamorarse de otras personas a lo largo de la vida. No admiramos lo mismo a los 16 que a los 46. Y el enamoramiento se basa, en gran parte, en la admiración mutua.

Lo realmente valioso para mí no es enamorarme a primera vista, sino descubrir que una persona puede enamorarte varias veces a lo largo de la vida por su capacidad de adaptarse, de superar adversidades, de crecer y, sobre todo, por su independencia, porque es capar de evolucionar en su esencia y volver a provocar tu admiración. Si está conmigo es porque yo despierto en ella lo mismo. Y así nunca dejamos de asombrarnos.

En fin, ¿Qué pienso yo de todo esto? Para mí lo más importante es despojarse del apego y la dependencia. Estar con quien estés y tener lo que tengas porque estás bien, y ser capaz de dejar atrás lo que no te llena, lo que no suma, lo que te sobra. Saber soltar, y aprender a sostener lo valioso (que muchas veces es lo más ligero). Valoro a las personas valientes e independientes, que se enfrentan al cambio sin miedo, que siguen su camino sin importarles el juicio ajeno. Suelen repeler la influencia social porque quien da importancia al juicio externo se convierte en un blanco fácil, y recurrente.

Depender de cosas externas es peligroso. Uno puede autoengañarse y vivir feliz renunciando a sus sueños. Muchos lo hacen. Revisan sus insignias y las tienen todas. Si el sistema no fuera efectivo, no habría sobrevivido tantos siglos. Romper con el status quo es de valientes, y lo contrario no es de cobardes. Mantenerse en la zona de confort no es malo; la rutina (no tóxica) puede ser placentera. Si te llena, es tu plenitud, y no vas a complicarte la vida ni a complicársela a nadie. Pero enfrentarte al cambio, perseguir tus sueños, desechar lo que te sobra y aceptar los errores con entereza puede doler, duele. Cualquier cambio supone una crisis a corto o medio plazo; a largo plazo, sin embargo, la suma de los cambios que has hecho tú, los que no te ha impuesto nadie, constituye tu propia creación, una vida incomparable, única e irrepetible. Si te has guiado bien y has seguido tu instinto, crecerás como persona y te convertirás en alguien especial e interesante para el mundo.

Yo pienso que esas insignias podrían tener variantes, “calidades”como el bronce, la plata o el oro. Puedo juntarme con la primera persona que me llame la atención (bronce), con una buena amiga que no termina de enamorarme locamente pero con la que sé que puedo lograr un estado de paz y tranquilidad (plata), o con alguien con quien se para el tiempo, con quien puedo hablar de todo, que admiro y que es capaz de enamorarme varias veces en la vida (oro, con mención honorífica).

Luego están las insignias personalizadas, las que solo tiene uno. Son atemporales, no se comparan con nada ni nadie. Las eliges tú, les das un valor inmenso, las valoran las personas que te quieren y serán las que tendrás agarradas en tus manos cuando mueras, porque representan tu esencia. Las has conseguido con tu esfuerzo y valentía, y quienes te aman las recogerán con cariño porque serán el vínculo que te mantenga presente aunque ya no estés.

Larga vida a la individualidad.

«No hace falta mucha fuerza para sujetar, pero sí hace falta mucha fuerza para soltar» (J. C. Watts).

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