Enseñar como acto de resistencia: cuando la escuela recuerda para qué existe
Hay textos que no se leen, se reconocen, y ese es el caso de la columna de opinión de Antonio Muñoz Molina, No enseñar al que no sabe, publicada el pasado 17 de enero de 2026 en El País. Una columna que, para los que nos dedicamos a este noble oficio de la educación, no descubre nada nuevo; recuerda lo esencial, pero es que recordar lo esencial hoy es un acto casi subversivo, rebelde y desestabilizador. Muñoz Molina toca uno de los aspectos clave del problema de la educación actual, y es que si no hay transmisión cultural en la escuela no hay humanidad posible. Nadie aprende solo y nadie “se hace” sin otros. La educación es un servicio, sí, pero no es un servicio accesorio ni es un producto ideológico; es una infraestructura básica de la civilización. Por tanto, si la educación renuncia a enseñar, gana la barbarie, pierde la civilización. Pensad simplemente en personas cercanas que estén, aunque sea un poquito, más hacia el bárbaro que al civilizado. Pues, en mi opinión, eso es síntoma de que la educación lleva tiempo sin enseñar del todo. Educar no es entretener, no es acompañar emociones, no es facilitar experiencias… Educar consiste en enseñar lo que el otro no sabe, y eso exige autoridad, tiempo, rigor y respeto social.
En la columna de Muñoz Molina se denuncian tres frentes claros en los que cada uno de nosotros deberíamos pararnos a reflexionar pausadamente y que son “fuerzas” que debemos combatir para restablecer el sentido básico y original de la enseñanza. El primero es creer que el ser humano se basta por sí mismo: un invento nuevo, una ingenuidad contemporánea; el ser humano necesita aprender, “hacerse” con otros. El segundo frente es la degradación del oficio docente (masificación, burocracia, descrédito social…). Y el tercero es el ataque político permanente a la escuela pública (tampoco se escapan la concertada y la privada, pero en este caso ponemos el foco en la escuela “al alcance de todos”), convertida en un campo de batalla mientras se va vaciando poco a poco su función principal: enseñar. Y es que la educación consiste en transmitir lo que merece ser conservado, la cultura acumulada desde que el ser humano existe. Esta es la tesis clásica, aristotélica prácticamente.
Por mucho que nos duela asumirlo, después de años y años de Facebook, Instagram, Pinterest y compañía (donde se ha ido propagando la transformación de la educación), educar no es entretener, no es acompañar emociones, no es facilitar experiencias… Educar consiste en enseñar lo que el otro no sabe, y eso exige autoridad, tiempo, rigor y respeto social.
Esta columna me ha recordado a un libro que usé para un proyecto de innovación centrado en tertulias dialógicas en el Grado de Pedagogía de la Universidad de Murcia, donde imparto docencia con mucho gusto y honor desde hace unos años. Esta obra es La escuela no es un parque de atracciones, de Gregorio Luri. En este libro podemos reconocer el mismo fondo que en la columna de Muñoz Molina, con la diferencia de que este habla desde el humanismo y Luri lo hace desde la pedagogía, pero ambos coinciden en lo esencial: cuando la escuela se convierte en un espectáculo, el conocimiento se diluye, la exigencia desaparece y el docente pierde autoridad. La escuela deja de ser escuela, y eso estamos empezando a verlo ahora después de más de una década de una “innovación educativa” que supera meramente al título o el cartel de la puerta del centro educativo que la exhibe orgullosamente.
En el caso de Luri, se desmonta la deriva lúdica de la educación con metodologías convertidas en show, aprendizaje disfrazado en juego permanente, infantilización del alumno y desautorización del profesor. Yo añadiría también la infantilización del profesor, sobre todo del de Educación Primaria: en algunos casos se “autoinfantiliza” metiéndose en líos diametralmente opuestos a lo académico, didáctico y pedagógico, y más propios de comparsas de carnaval, compañías de teatro, talleres de disfraces o cualquier suerte de intrusismo que se nos ocurra (menos educar a partir de la pedagogía, que es nuestra ciencia, la de los docentes y profesores).
Cuando todo debe ser motivador, divertido, cómodo… el conocimiento estorba; y esto lo vemos constantemente en los centros educativos, en los que hay que dar rápido el aparato digestivo (por ejemplo) porque toca ensayar el villancico, decorar la clase, salir al patio porque viene el equipo de baloncesto de la ciudad a entrenar con los de 4.º (para captar aficionados) o practicar el baile de fin de curso, del festival de Navidad o la procesión de Semana Santa que vamos a sacar por las calles adyacentes al centro exhibiendo nuestra capacidad de destrucción de la escuela para conseguir unas buenas fotos y vídeos.
Cuando el conocimiento estorba, el maestro sobra, y queda el animador, no el docente.
Mi recorrido profesional me ha permitido comprobar todo esto desde dentro durante casi ya dos décadas y habiendo recorrido todo tipo de escenarios educativos y centros como interino, maestro con destino provisional y finalmente como funcionario de carrera. He trabajado en centros ordinarios de Educación Primaria y hoy lo hago en Educación Especial. He trabajado como especialista de Educación Física, Lengua Extranjera: Inglés, maestro de Garantía Social en un Aula Ocupacional… y he impartido docencia en Educación de Adultos, Educación Primaria, Educación Secundaria y Educación Superior (Universidad). He estado en aulas con niños, adolescentes, jóvenes, adultos y alumnado con necesidades educativas muy diversas y de distintos grados. He visto casi todos los formatos posibles del sistema educativo, liderazgos y equipos directivos de todo tipo, y mi conclusión es clara: lo único que funciona de verdad es enseñar (pero antes que eso, hay que recuperar exactamente lo que es y lo que no es enseñar).
En Educación Especial, esta evidencia es brutalmente nítida. He trabajado con alumnado con autismo que necesita estructura, claridad, rutina y modelos firmes. En ese contexto, la idea de la escuela como parque de atracciones se desmorona sola. No necesitan estímulos constantes ni dinámicas “divertidas”. Aunque los padres (o quien sea) lo soliciten, la escuela debe imponer el criterio pedagógico (y en este caso clínico, apoyado por la neurociencia). Estos niños necesitan adultos que sepan qué hacen, que estén bien asesorados, que tengan algo que transmitir y que sostengan el proceso con calma, rigor y coherencia (y en mi centro actual, con seguridad, para preservar la integridad física del personal y de los alumnos).
Lo mismo ocurre en un centro educativo ordinario, instituto, en la facultad o en un aula de adultos. Cambian las formas, no el fondo. Aprender implica esfuerzo, siempre. A no ser que empecemos a vender cursos del tipo “aprende las tablas de multiplicar sin esfuerzo” (cedo la idea de manera altruista y desinteresada para maestros innovadores influencers contemporáneos). Aprender implica aceptar que hay cosas que no sé, que otro sabe más que yo y que sabe cómo enseñármela y hacer que yo la aprenda, con esfuerzo, con constancia, con determinación, con un objetivo claro y significativo. Aprender implica reconocer una autoridad legítima, la del que domina un saber y se responsabiliza de transmitirlo.
La degradación del oficio docente que denuncia Muñoz Molina no es casual. Masificación en las aulas, burocracia absurda, repetitiva, incoherente y desbordante, sospecha permanente sobre el profesor, reformas sin rumbo, instalaciones que prácticamente maltratan a alumnos y profesorado con frío o calor insoportable según la estación que toque, espacios minúsculos para trabajar… Todo empuja en una dirección concreta: vaciar de contenido la escuela y convertirla en un espacio de gestión emocional y entretenimiento blando.
Hace poco, en una de mis clases de Currículo, Enseñanza y Centro Escolar del Máster de Profesorado, puse un supuesto práctico con varios casos de atención a la diversidad a resolver, y uno trataba de una alumna extranjera procedente de China que se incorporaba a mitad de curso al centro con desconocimiento del idioma. Entonces, puse en común con mis alumnos una duda que llevaba arrastrando ya tiempo y, como curiosidad, les pregunté:
—¿Vosotros sabéis dónde están estudiando la enseñanza obligatoria los niños chinos de Murcia? Porque yo, en mi experiencia docente, solo me he cruzado con uno, y duró un trimestre… —
Sé que no he revisado los más de 500 centros de Primaria de la Región de Murcia, pero tengo una muestra más que significativa a mis espaldas. Una estudiante vino a mi mesa a resolver una duda sobre el supuesto práctico y, de paso, aprovechó para decirme que en el mismo colegio concertado al que llevaba a sus hijos había una cantidad importante de niños y niñas chinos. Me falta comprobar que ese dato se puede generalizar; supongo que hay algún tipo de estadística oficial al respecto, pero creo que ya es suficiente para hacernos reflexionar sobre la calidad de nuestra educación, desde dentro.
El caso es que después de tanto tiempo en tantos contextos distintos, tengo la convicción firme de que la escuela no fracasa cuando se exige; fracasa cuando renuncia a enseñar, y más pronto que tarde la escuela «innovadora» será la que vuelva a enseñar, y vuelva a enseñar a todos, sin exclusión. Esa es la verdadera calidad educativa, desde mi opinión. La escuela fracasa cuando deja de creer que hay algo valioso que merece ser transmitido. Fracasa cuando confunde bienestar inmediato con formación. La educación es una infraestructura civilizadora, y como toda infraestructura, necesita pilares sólidos: contenido, tiempo, autoridad, respeto social… Sin eso, no hay inclusión real, no hay igualdad de oportunidades, no hay futuro. ¿Qué diferencia hay entre una persona civilizada y otra que no ha sido civilizada, un bárbaro? La diferencia no está en la inteligencia ni en el origen social, está en la interiorización de límites, sentido y legado, y ese legado es la cultura, fruto de la educación.
Entretener, acompañar, divertir… eso es necesario, pero ya hay otras instituciones para eso en las que ese servicio tiene todo el sentido, y si queremos que todo eso llegue a todo el mundo la escuela no es la responsable de esa función, al menos hasta que cumpla su principal cometido.
Enseñar al que no sabe no es un acto de poder, y no es un lujo, es un acto de responsabilidad, una palabra llena de poder en sí misma. No deberíamos permanecer en el círculo de la irresponsabilidad y la negligencia educativa incorporando «novedades» y «metodologías» a golpe de ocurrencia o movidos por el ego de algunos personajes que propagan experimentos educativos sin evidencia pedagógica cuyos efectos son nulos o escasos (salvo algunos likes y reconocimientos varios que caen en la red social de esos personajes). Todo eso es más propio del marketing y la publicidad, lo que habría que preguntarse es qué es lo que ese movimiento está intentando vender cuando la escuela y el currículo educativo se venden prácticamente solos.
Hoy, más que nunca, enseñar al que no sabe, lo que viene a ser educar, es una forma de resistencia, y su arma más poderosa es la responsabilidad de todos y cada uno de los que educamos. La escuela existe para hacer que el bárbaro evolucione hacia el civilizado al mismo tiempo que incrementa la calidad de la civilización. No hace falta que a estas alturas apunte a la necesidad de someter a esta civilización a una revisión existencial.
Edward De Bono, en 1993, en su libro Más allá de la competencia: La creación de nuevos valores y objetivos de la empresa, introdujo una definición global de la calidad afirmando que “la calidad total es el mejoramiento progresivo, aun cuando no haya habido ningún fallo”. En la educación nos falta definir muchas cosas, entre ellas ese «mejoramiento», qué mejora la educación y qué no, pero lo que más hace falta es una reflexión continua, incansable, que cuestione prácticas como las que nos han llevado a vaciar la escuela y olvidar para qué existe.
