Reyes Magos – 2026
Esta entrada no pretende abanderar el poder de las emociones. De eso, sinceramente, ya hemos hablado mucho durante años sin que parezca haber servido para arreglar gran cosa. Sabemos que las emociones son importantes; es una obviedad. Hay que conocerlas, hacerse cargo de ellas, entender qué significan cuando aparecen y darles su lugar. Pero este no es un post para profundizar en ese terreno.
Lo que quiero compartir aquí es el resultado de poner en la balanza lo material y lo emocional. Hay una idea que me convence cada vez más: aquello que se enseña (o se vive) a través de las emociones, sean del “color” que sean, permanece en la memoria. Y si hay un periodo especialmente cargado de emociones a lo largo del año, ese es, sin duda, la Navidad.
Hay personas a las que les encanta la Navidad y personas que la detestan; también existen muchos términos medios. En todos los casos, esa suma de percepciones se construye desde la emocionalidad. Hay quien echa de menos a personas, lugares, mascotas, objetos o costumbres. Hay quien vive la decepción y la frustración con especial intensidad por las expectativas que se depositan en estas fechas: regalos, eventos, reencuentros, visitas. Y también hay quien se siente desbordado por la acumulación de compromisos, hasta el punto de que se hace difícil cumplir el objetivo principal de unas vacaciones (al menos para mí): descansar, desconectar y cargar pilas.
Y llegamos a un punto clave: los regalos. Aquí se podría hablar largo y tendido. Desde la perspectiva de quien regala, de quien recibe e incluso del propio regalo. Quien regala no suele hacer un único regalo: regala a varias personas o a la misma persona más de una vez. Esa complejidad logística y emocional puede ser estresante. Pero quien recibe tampoco está al margen: se enfrenta a expectativas, comparaciones y juicios de valor. Y luego está el objeto en sí: qué aporta, qué pagamos por él, hasta qué punto está equilibrado lo que cuesta con lo que vale, de dónde surge la necesidad de ese regalo y cuánto, y cómo, nos va a hacer felices.
Todo esto es enormemente complejo… o quizá no tanto. Un buen matemático lo resolvería reduciéndolo a su mínima expresión. En mi caso, esa mínima expresión es la dimensión emocional, presente en todos los actores implicados: quien regala, el regalo y quien lo recibe. Si alguien regala con alegría, es probable que con el tiempo no recuerde exactamente qué regaló, sino cómo se sintió al hacerlo. Y algo muy parecido ocurre con quien recibe: recordará la emoción asociada a esa persona y a ese momento. El objeto (o la experiencia) acaba poniendo a prueba su verdadero valor, uno que sobrevive al tiempo, al precio y al desgaste, porque era valioso de origen y no porque nos lo colocara el algoritmo de turno.
En este sentido, coincido plenamente con un mensaje reciente de mi calendario de @72kilos: si no somos de los que recordamos más las emociones que los regalos, no es porque las emociones no tengan poder, sino porque no somos del todo conscientes de él. Basta pararse a pensar un rato para darse cuenta de que recordamos regalos que ya no existen, y es la emoción la que los evoca, y es que al final probablemente no recordamos el regalo; recordamos cómo nos hizo sentir.
