Un maestro en estado de alarma

Más de 100 años han pasado desde la última vez que una pandemia de este tipo azotó nuestra sociedad. A todos nos une la inexperiencia y falta de preparación frente a una situación que, sin lugar a dudas y como todos hemos podido asimilar a estas alturas, es excepcional y nos ha descolocado a unos cuantos.

La victoria frente a este virus, en mi opinión, parte del trabajo cooperativo, en equipo, coordinado no solo en el espacio sino también en el tiempo. El tiempo, ahora, exige la acción de una parte de nuestra sociedad: sanitarios, técnicos de limpieza, transportistas, trabajadores del sector de la alimentación… y puede ser que el momento de los maestros, en mi opinión, llegue con más intensidad superada la pandemia. Os explico mi postura, por si a alguien le sirve, al menos de entretenimiento.

Quede claro que no quiero decir con esto que los maestros bajemos los brazos ahora, nada más lejos. Nuestros alumnos nos echan de menos, y si nos echan de menos, nos necesitan.

Personalmente, he llegado a la convicción de que no puedo, ni debo mantener el mismo ritmo de trabajo que en la enseñanza presencial sin priorizar ante todo esa parte de la acción tutorial que consiste en atender a las preocupaciones de mis alumnos y sus familias, darles el afecto y atención que tanto necesitan, las bromas, la complicidad… y, por supuesto, la disciplina, la transmisión de valores y la gestión de sus emociones.

En este momento, sin haber tenido tiempo para reaccionar o prepararse, las familias están confinadas en casa, con más o menos recursos, más o menos niños, algunos con edades muy dispares y  sin poder salir al exterior y relacionarse con sus iguales. Por otro lado, maestros, tutores, especialistas (idiomas, música, educación física, pedagogía terapéutica, audición y lenguaje, religión, educación compensatoria…), equipos directivos, orientadores… todos estamos en casa frente a la opción de reaccionar o responder a la situación, en general,  y a cada situación que se nos plantea a diario.

La reacción de los maestros (entendiendo a todos los que he nombrado en el párrafo anterior y a alguno que se me haya podido escapar) ha sido, y está siendo, desde mi punto de vista, encomiable. Desde el momento en que nos dijeron que se suspendían las clases procuramos que ningún alumno se fuera a casa sin un plan de trabajo a corto plazo. Después, en nuestro confinamiento, hemos estado estos días (y aún seguimos) organizando medidas a medio y largo plazo, por lo que pueda pasar.

Tras días de pensar, analizar y reflexionar, mi respuesta, totalmente personal y adaptada a mi contexto específico, es clara. Mi trabajo no puede limitarse a seleccionar, priorizar, temporizar y secuenciar contenidos, por eso he decidido dedicar tiempo a atender  directa y afectivamente a mis alumnos; consensuar con las familias el trabajo de estos días, y preparar prioritariamente la vuelta a las aulas, llegue cuando llegue, porque estoy convencido de que nosotros, el cuerpo de maestros, seremos un factor importante para facilitar una vuelta a la normalidad positiva y saludable.

En este sentido, me he situado en una especie de estado de reserva, esperando mi turno, atendiendo a diario a alumnos y familias (que es en lo que soy un auténtico especialista, experimentado, y en lo que me siento verdaderamente competente), continuando con la educación de los peques explicándoles cada situación y el por qué se toman las medidas que se toman, transmitiéndoles valores de responsabilidad, paciencia, obediencia, respeto, asertividad, solidaridad… Cuando toque volver a las aulas sé que tendré la enorme responsabilidad de contribuir a restituir, con la ayuda de mis compañeros, el posible daño que esta pandemia haya podido causar en la mente y la historia de los pequeños, compartir con ellos la alegría de haber vencido al virus, explicarles el momento histórico que han vivido dándole sentido al mismo, transmitiéndoles ilusión, esperanza… y sobre todo, cariño, mucho cariño.

No hay que olvidar que estamos haciendo historia, pero no solo a nivel global, la historia que no debemos obviar es la individual, la de cada uno, la que deja huella en nuestra personalidad. Momentos así, tan intensos emocionalmente y tan concentrados en espacio y tiempo, van a marcar de alguna manera nuestras vidas. Ya lo hizo en su momento la peste, dando un giro al crecimiento demográfico de principios de siglo, y también lo hizo la Guerra Civil (no hace falta que entremos en los efectos que aún se palpan en nuestra sociedad), dentro de mucho tiempo se hablará de los efectos de la pandemia del coronavirus, a nivel demográfico y a nivel social, y creo que está en nuestra manos, en las de todos, que los efectos sean para bien, o para regular.

Yo me he puesto manos a la obra, respondiendo (y no reaccionando), preparando el regreso, cuidando de mí, huyendo de bulos, memes y recetas que no hacen más que marear la situación, pisando un poco el freno en cuanto al estrés que provoca el paso brusco del modo presencial al modo no presencial de formación. Mi objetivo ahora es asegurar una vuelta a la normalidad brillante, garantizando a mis alumnos y familias cuidado, atención y cariño, algo que mis alumnos van a demandar y que no estoy dispuesto a sustituir por ningún otro tipo de contenido.

Los maestros estamos preparados, de sobra, en conocimientos, experiencia y entrega a nuestra labor. Vamos a estar a la misma altura de los ciudadanos que ahora están dándolo todo por luchar contra el virus en esta fase, posiblemente nuestra actuación tenga menos repercusión en los medios, y eso da igual, porque sabemos que en nuestra maravillosa profesión, los resultados se disfrutan a largo, muy largo plazo, pero son inmensamente satisfactorios.

Peques, contad con nosotros, estamos deseando volver a veros.

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