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Hay comienzos, y comienzos…

Primer día de clase, primer momento rebonito del curso.

Uno llega el primer día a clase, después de estar sin ver a sus alumnos desde marzo, con nervios, incertidumbre, pocas ganas de entrar en ese terreno fangoso de distancias, mascarillas, geles hidroalcólicos, toallitas y normas varias… asumiendo que no va a haber abrazos, cercanía, sonrisas… recibiendo la noche anterior mensajes de los padres preocupados por la vuelta a las aulas, con cientos de dudas, recibiendo incluso noticias de un resultado positivo y cuarentena forzada de una de mis alumnas… y especialmente el mensaje de una madre que está preocupada porque su hija está con una crisis de ansiedad y por una parte no quiere volver porque tiene miedo, pero por otro lado quiere volver porque le puede la responsabilidad y quiere ver a su profesor para darle un cuadro que le ha hecho estos días en casa.

Quedo con la mamá en que negocie con ella, que busquen entre las dos una solución para volver de forma escalonada, sin agobios, que ya es de las mayores del cole y que entre todos podemos encontrar una solución al conflicto emocional. Me ofrezco a salir cuando lo necesiten a la puerta y recibirla para contarle cómo van las cosas y mostrarle la realidad para que la gestione adecuadamente. Acceden a pasarse a media mañana y allí nos encontramos.

Cuando llegan ambas, madre e hija están claramente emocionadas, con lágrimas en los ojos, hablamos y les cuento cómo está la cosa, sin florituras, objetivamente, a mi estilo. Les cuento que estamos tomando las medidas adecuadas, incluso más de las necesarias, que en el colegio no hay más peligro que el que pueda haber fuera de las aulas, con la salvedad de que aquí no se permite de ninguna manera que nadie se salte las medidas sanitarias recomendadas, todos los profesores estamos velando por eso. Les cuento que estamos bien, y que además nos lo estamos pasando bien en clase, como siempre, con nuestra espontaneidad y bromas de siempre. Todo sigue igual, pero “distinto”.

Ambas se tranquilizan después de hablar un rato. Rocío, mi alumna, trae una bolsa y en esa bolsa este precioso cuadro hecho por ella (es una artista) y el cuadro es… precioso no ¡preciosísimo! (Stitch para mí tiene algo muy especial y ya se preocupó ella de averiguarlo…)

Tanto en mi carrera profesional como en la deportiva he recibido premios y agradecimientos de todo tipo, pero os prometo que este tipo de gestos para mí son el mayor de los mayores reconocimientos, y lo más curioso es que no ha sido a final de curso, es la primera vez en toda mi vida que recibo un detalle así al comenzar… además, tengo que reconocer que lo necesitaba, no estoy pasando por uno de mis mejores momentos, además, el esfuerzo que estamos haciendo todos los maestros por arrancar este año es encomiable… al comienzo de cualquier curso se suma el agobio, las dudas, el exceso de desinformación, la incapacidad de poder centrarnos y discernir lo prioritario de lo que no… y eso lo llevamos por dentro.

Lo importante, Rocío viene el próximo día a clase, y yo soy el profesor más feliz del mundo. Os podéis repartir los demás puestos, tampoco están mal, no os quejéis.

¡Ánimo infinito, compañeros! Todo sigue igual, pero “distinto”.

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